Guardaparque trabajando en la Antártida, único continente sin caso de covid-19.

Diego Ferrer es Guardaparque Nacional está en la Base Orcadas. «Estamos como los astronautas que miran de lejos a la Tierra», cuenta. Sus protocolos.

Mendocino en la Antártida: la vida en el único continente no castigado por el coronavirus

La Antártida es el sexto continente mundial, se estima que viven cerca de 5.000 personas y es el único en el que no hay infectados o afectados por el Covid-19. Si bien la población está concentrada en contados puntos específicos (bases) con soberanía de distintos países -mientras que la amplia mayoría del territorio no está poblada-; ciento de personas se encuentran realizando sus campañas antárticas. En las 13 bases argentinas en la Antártida viven más de 470 personas. Y el «mendocino» (nació en Lanús, pero hace 12 años está radicado en Mendoza) Diego Ferrer (41) es una de estas personas que habitan en el único continente al que no ha llegado el coronavirus.

«Estamos como esos astronautas que miran de lejos lo que pasa en la Tierra, más o menos. Lo estamos viviendo a la distancia, y como si fuera una película de ciencia ficción; o por lo menos así lo siento yo. A veces cuesta creer que la gente no pueda salir a la calle», cuenta a Los Andes el guardparque que se encuentra en la Base Orcadas (en las Islas Laurie) y donde vivirá hasta febrero del año próximo.

Ferrer se desempeña dentro del sistema de Áreas Protegidas de Mendoza y tiene un posgrado en Manejo de Fauna. Esta última especialización lo llevó a a la mencionada base antártica, donde colabora con tareas de monitoreo del ecosistema (flora y fauna) para sumar sus aportes al Instituto Antártico Argentino.

«Seguimos todo lo que pasa por televisión, por internet y vamos comunicándonos con nuestras familias. En sí, nuestra rutina no se ha modificado y seguimos haciendo las tareas cotidianas; en parte para no pensar mucho sobre el asunto y no preocuparse demasiado. Es poco lo que podemos hacer desde aquí, salvo mandar mensajes y demostrar nuestro apoyo», agrega Diego.

Su vocación como guardaparque lleva a que le sea inevitable detenerse en uno de los tantos fenómenos que ha traído aparejado la pandemia en los lugares donde está azotando. En ese sentido, describe como una «situación extraña» el hecho de que la fauna de distintas regiones comience a salir y a «animarse»; y ejemplifica con lo que está pasando con pájaros, pumas y zorros (en el caso de Argentina y Mendoza). «De a poco le pierden el miedo a lo que siempre los ha tenido a raya: las personas», reflexiona.

Medidas y protocolo en las bases
Las más recientes campañas antárticas se iniciaron antes del brote mundial. Esto implicó que los últimos expedicionarios que llegaron con misiones científicas a las diferentes bases lo hicieran antes de que se inicie la propagación masiva del coronavirus. Y no se trata de puntos a los que llegue gente de forma periódica.
No obstante, eso no implica que -en el caso de las bases argentinas, por ejemplo- el Gobierno nacional haya dispuesto protocolos específicos.

«Recibimos de parte del Gobierno nuestro protocolo, y por ejemplo, aquellas bases que están cercanas unas de otras, o de otros países, por el momento no pueden tener contacto. Se han suspendido vuelos regulares a las bases o no pueden tener contacto entre ellas. Nosotros estamos bastante lejos, en una isla. Somos los más aislados, junto con la Base Belgrano», se explaya Ferrer.

Su día a día

En la Base Orcadas (argentina), Diego comparte su rutina con otras 15 personas, entre quienes se destaca personal de la Armada Argentina, del Ejército y de la Fuerza Aérea; además de otros profesionales como técnicos electrónicos e informáticos y del Servicio Meteorológico Nacional.

«Orcadas se está poniendo hermoso desde todo punto de vista; con unos paisajes y colores intensos, mar metalizado o verde turquesa. Los témpanos están más cerca de la costa por el viento (el otro día había uno que era prácticamente una ciudad, de lo enorme). Sobresalen lo naranja y lo amarillo del atardecer corto, que se cuela entre las islas cercanas; brumas y de vez en cuando alguna ballena allá al final del mundo, en el horizonte. Nos estamos preparado también para el otoño, ya con menos horas de luz, menos presencia de animales y días con ventiscas, nevadas y grises. Las ventanas de buen tiempo nos permiten hacer las tareas programadas, así que dependemos de ello», describe. Y hasta hace gala de su buen andar en un torneo de ping pong del que está participando en la base, en los momentos de descanso y esparcimiento.

Fuente: Los Andes.

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